«¡CUESTO CABECITA NEGRA COMPLICANO TUTO!»
El curioso caso de la abogada santiagueña Agostina Páez, detenida por la justicia de Brasil por el delito de “ofensa racial”, es interpretado por algunos como un berrinche “anti-argentino” del juez actuante.
Muchos creen que en Argentina el racismo no es un problema, porque en nuestro país hay pocos negros, ya que la importación de esclavos africanos se prohibió allá por el 1813. Para ellos racismo es lo que pasa entre negros y blancos en EEUU. Por supuesto que por culpa de los negros, y es por eso que los que tienen “ese problema” son los blancos.
Para demostrar que no son racistas algunos hablan de “gente de color” al referirse a los negros de origen africano. Como si el blanco europeo o el amarillo oriental fueran transparentes, y no tuvieran color. Uno encuentra por la vida gente blanca, amarilla, negra, marrón (si son verdes es diferente porque esos son marcianos).
El espejo cultural del racismo de los blancos de EEUU, en Argentina tiene otro origen, y es el desprecio por los descendientes de los pueblos originarios, que ahí sí, tenemos muchos, el país está lleno de gente marrón (muchos son extranjeros venidos de países limítrofes inferiores al nuestro, léase latinoamericanos con cruza de indígenas). Allá lejos en la historia, en tiempos en que santiagueños y tucumanos se lavaban las patas en una fuente de Plaza de Mayo, empezaron a identificarlos como “cabecitas negras” por el color “marrón” de su piel, cuestión de matices de tonalidad.
En el fondo el desprecio por los cabecitas negras (o los marrones) en Argentina no es un fenómeno estrictamente racial, sino más bien político y social. Los blancos de clase media y alta identifican al cabecita negra con el color de piel de los pobres, y en particular con el color de su personal doméstico, o con el peón de la chacra. Mucho más en las sociedades cuasi feudales del norte de nuestro país, fenómeno que se refleja luego en todo el territorio geográfico, social y cultural.
El episodio de la abogada santiagueña desnuda el verdadero significado del racismo criollo. No se trata del color de la piel, sino de la inferioridad social. El desprecio racial busca ponerlo en una escala inferior económica, social, cultural y en definitiva humana. Es decir, poner al otro en “su lugar”.
Para Agostina Páez fue más fuerte su condición de mujer blanca de la burguesía santiagueña, su modelo social mamado desde la cuna, su costumbre y su estructura subconsciente, que su educación profesional y su “inteligencia” como abogada. No le dijo “negro”. Para insultarlo y despreciarlo con creatividad, nivel y altura, imitó a un Macaco (mono). Por su color de piel lo bajó en la escala biológica a un escalón inferior al humano. Al “negrito” brasilero lo puso en “su lugar”. Pese a sus años de educación universitaria, la abogada no lo pudo evitar, porque son actitudes que te emergen cuando las llevas muy adentro. Pero eso en Brasil, la ofensa racial, es un delito penal. En Argentina también, pero la justicia criolla es bien blanca.
“Acá entre nosotros, cuesto cabecita negra complicano tutto” decía el inolvidable sketch de Eddie Pequenino junto a Alberto Olmedo en Canal 9. Era el contratista italiano, al referirse a su empleado marrón.
ALEJANDRO GE






