Colaboración de Pablo Vera para el Cuarto Poder
La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central aprobada por Diputados modifica de manera sustancial el papel de la autoridad monetaria. El mandato múltiple, que incluía estabilidad financiera, empleo y desarrollo con equidad social, es reemplazado por un mandato centrado en la estabilidad y el valor de la moneda.
El BCRA, con su reforma de 2012, señalaba que se debía atender, en forma coordinada, a la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo con equidad social. La base ideológica de este planteo, llamado justamente “mandato múltiple”, sostiene que la moneda y el crédito no pueden abstraerse de la vida económico-social. Es decir, no son “neutros” sino, por el contrario, herramientas activas para impulsar el empleo y la producción. La reforma actual impone el llamado “mandato único”, considerando que el fin del BCRA es preservar “la estabilidad y el valor de la moneda”.
¿Qué significan ambas posiciones? Mientras el “mandato múltiple” otorga al BCRA un rol dinámico e impulsor de la actividad económica, el “mandato único” restringe y atornilla al BCRA a una función pasiva frente a la actividad económica.
Edgar Allan Poe, en su célebre cuento “El barril de amontillado”, relata cómo Montresor, un hombre movido por el deseo de venganza, planea con precisión quirúrgica el asesinato de Fortunato. Este amante empedernido del vino y orgulloso de sus conocimientos sobre el elixir acepta la invitación de Montresor para conocer un especial barril de vino.
Allí, en las catacumbas, mediante engaños, Montresor logra encerrarlo en un nicho oculto y lo sepulta vivo. Fortunato, burlado en su incredulidad, ve cómo el aire se extingue y su vida llega a su fin. Antes, sorprendido, pero aún con la esperanza de estar siendo víctima de una broma, Fortunato decía: “¡Buena broma, amigo, buena broma! Cómo nos reiremos luego, en el palacio”.
Pero ese “luego” nunca existió porque Montresor dice: “Con mucho esfuerzo, coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo nadie los ha tocado”.
Milei, con esta reforma de la Carta Orgánica del BCRA, sepulta el rol activo que tienen los bancos centrales en numerosos países, por ejemplo, la Reserva Federal de Estados Unidos.
El mandato único es una capa de concreto sobre la actividad económica, más densa, más sombría que la que Montresor hubiese imaginado en esas febriles noches en las que planificaba su venganza cruel, sórdida, salvaje.
El mandato único tiene un claro sesgo antiempleo, poniendo como eje, por sobre todo, la estabilidad de precios y el control de la inflación. Esta mirada, que hace eje exclusivamente en la tasa de inflación, puede, llegado el caso, sostener tasas de interés recesivas como variables antiinflacionarias.
Esta visión se contradice, como decíamos antes, con el mandato dual de la Reserva Federal de Estados Unidos, que establece estabilidad de precios y máximo empleo sostenible.
La visión de Milei y, por ende, la reforma de la Carta Orgánica del BCRA se afirma en que la inflación es una cuestión solamente de tipo monetario.
En Argentina hay sobradas muestras de que el fenómeno inflacionario, sin desconocer el daño que ocasiona el funcionamiento permanente y sostenido del déficit por emisión, debe comprenderse como un fenómeno multidimensional que comprende la restricción externa, las pujas distributivas, la inercia, la estructura productiva desequilibrada, etcétera.
El mandato único va contra décadas de historia económica y es funcional a una economía más dependiente del financiamiento. En síntesis, de más deuda.
¿Por qué? Mientras la reforma prohíbe el endeudamiento del Tesoro en el BCRA, impidiendo una forma autónoma y más flexible de financiación y obligando al Tesoro a recurrir sí o sí al mercado local y/o internacional en condiciones más gravosas, resta márgenes de maniobra. Por otro lado, como si fuera un nuevo ladrillo del cuento de Poe, la reforma de la Carta Orgánica autorizaría al BCRA a entregar activos de reserva como garantía de endeudamiento internacional. Mayor deuda, menor soberanía.
El corset que imprime la nueva Carta Orgánica es un límite al desarrollo económico y, no sólo ello, deja a la economía nacional y, fundamentalmente, a la financiación en las manos poco cálidas del mercado financiero global.
Este límite económico se profundiza con el llamado “blindaje del directorio”. La reforma establece que, para ser destituidos, el presidente y los miembros del directorio necesitan conseguir el voto de dos tercios de los miembros presentes en ambas cámaras del Congreso de la Nación. Se pretende “blindar” no sólo a determinados funcionarios, sino eternizar determinadas políticas económicas.
Jorge Carrera, en “Caballos de Troya en la reforma del Central”, señala que debe existir una simetría entre designación y remoción. Afirma: “No tiene sentido hacer relativamente sencillo nombrar a un presidente del Banco Central y después extraordinariamente difícil removerlo. Si para removerlo se requiere consenso político, para designarlo, con más razón, debería requerirse el mismo consenso”. Para Carrera, esta reforma, en su articulado, esconde “caballos de Troya”, como la designación y remoción de funcionarios del BCRA.
La novela de Vargas Llosa “La ciudad y los perros” se sitúa en el Colegio Militar Leoncio Prado. Allí, bajo una disciplina rígida e inflexible, se establecen códigos internos inexpugnables que blindan los abusos de todo tipo.
El poder externo civil no tiene injerencia y debe aceptar las decisiones que la sociedad no discutió ni votó. Se impone el código del Colegio Militar, extendiendo sus lazos fuera de sus propios límites. Sin pedir permiso, sin límites democráticos que respetar.
De la misma forma, esta reforma de la Carta Orgánica del BCRA redefine las relaciones de jerarquía entre el Poder Ejecutivo y la autoridad monetaria. Esta última impone su código de blindaje, haciéndola prácticamente inmune a los poderes democráticos, cercenando, mutilando determinado instrumental o repertorio de políticas económicas, sean quienes sean los próximos gobernantes.
Se pretende que toda nuestra política económica quede sujeta a los designios del Colegio Militar Leoncio Prado. En nuestro caso, a la Carta Orgánica del BCRA.
Detrás de esta reforma y con la mira puesta en 2027, Milei quiere dejar un legado de restricción monetaria y achatamiento laboral.
El proyecto aprobado en la Cámara de Diputados amputa las funciones sociales, económicas y políticas del BCRA. La estabilidad es una aspiración legítima, pero si se logra como Montresor, emparedando la producción y el empleo, es un crimen social. El destino como sociedad nos acerca a Fortunato o a quedar comprimidos en una disciplina económica con similares injusticias y privilegios intolerables que Vargas Llosa nos contó que sufrían los cadetes del Colegio Militar de “La ciudad y los perros”.




