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EL ALMOHADÓN DE PLUMAS

Pablo Vera, escribe para El Cuarto Poder.

Fiel a su estilo, Pablo Vera hace una magistral descripción de la obra de Horacio Quiroga, relacionándola con el desquicio de la economía de Milei.

La restricción externa es como el bicho del cuento de Quiroga

La economía argentina está afectada por un bicho enorme, y a menudo silencioso, que llamamos “restricción externa”. Es la imposibilidad de generar las divisas necesarias para sostener la economía local y proyectar su desarrollo. Tiene como manifestación principal el déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos. Resulta, por lo tanto, imprescindible conocer su génesis y, principalmente, su diagnóstico y tratamiento.

Encontraremos quienes, desde la ortodoxia neoliberal, lo definirán como una “dificultad” circunstancial, producto de la falta de competitividad de nuestras manufacturas y de un “intervencionismo” que impide la llegada de inversiones que producirían un salto exportador.

A esta definición le suman que debería eliminarse toda restricción al comercio exterior. Si, pese a estas decisiones, el déficit persiste, no habría mayor problema, teniendo un financiamiento “garantizado” de la cuenta capital.

¿Qué significa? Sencillo: el rojo de la cuenta corriente se compensa por ingreso de dólares por vía financiera. En criollo, financiamiento con deuda.

Ahora, como el financiamiento debe ser reembolsado en algún momento, la solvencia económica adquiere un espacio clave. Es decir, debe “probar” que tiene capacidad de repago, así como de acumulación de divisas para honrar los endeudamientos pasados. En un mundo de extrema volatilidad financiera, ceñirse al dogma de un “endeudamiento perpetuo” es una salida peligrosa e irresponsable.

Veamos un repaso del resultado de esta posición, que es celosamente cumplida por Milei-Caputo. Con énfasis se sostiene que los pilares del esquema económico son el superávit fiscal como base del ancla cambiaria.

Como bien señala Juan Manuel Telechea en “La dimensión desconocida”, ¿qué implica tener superávit fiscal y déficit de la cuenta corriente? Somos de los pocos países que presentan superávit fiscal y déficit de la cuenta corriente, (valga una aclaración: existen variados analistas, de distinta orientación, que ponen en “crisis” el superávit fiscal enarbolado como estandarte por Milei).

¿Por qué ocurre esta anomalía en Argentina? Telechea señala que, “durante el gobierno de Alberto Fernández, el elevado déficit fiscal —pandemia de por medio, hay que resaltarlo— se financió en su mayoría a través de la emisión de dinero por parte del BCRA. Esta inyección de dinero se tradujo, por un lado, en un incremento del dólar financiero (y de la brecha cambiaria), y, por otro, en una expansión cuantiosa de la deuda del BCRA, (las famosas “Leliqs”), utilizadas para tratar de reabsorber parte de ese dinero en circulación…”

Milei, conduciendo la economía a una recesión —aunque negada por el INDEC— eliminó esa fuente de creación de dinero y redujo de manera significativa las necesidades de financiamiento.

Sin embargo, mal que le pese a Milei, si bien el superávit fiscal elimina una fuente importante de creación de pesos, no quita que el problema siga siendo la falta de dólares. Como señaló un reporte del Panorama Económico del Banco Provincia (1/7/2025): “Sin dólares, el superávit fiscal no garantiza estabilidad cambiaria”.

En la literatura hay un cuento famoso que también trata sobre un bicho maligno. La protagonista es Alicia, una joven tímida, pero a la vez romántica. Su matrimonio con Jordán tal vez no fue exactamente lo que ella esperaba. Jordán era un esposo duro, inflexible; no tenía la ternura que Alicia había soñado. Vivían en una casa grande, casi un palacio deshabitado, silencioso, frío. Aunque Jordán amaba a su esposa, no lo demostraba, como si la casa matrimonial helada coadyuvara a una relación por momentos distante y rígida. Alicia decidió abandonar sus sueños de niña y, transformándose en una mujer adulta, aceptó a Jordán con su carácter. El amor por él valía el sacrificio. Tenía por costumbre esperarlo acostada. Se podría decir que pasaba horas larguísimas aguardando la llegada de su cónyuge.

Muy lentamente, Alicia comenzó a adelgazar. Le costaba sostenerse en pie. “Cuando mejoró un poco, salió al jardín apoyada en el brazo de su marido. Ella estaba rara y con la mirada perdida. De pronto, él le acarició la cabeza con ternura y ella se puso a llorar, desconsolada. Lloró con mucha angustia, hasta que se fue calmando. Entonces se quedó recostada sobre el hombro de él, con la cabeza escondida, sin moverse ni decir una palabra. Este fue el último día que Alicia estuvo levantada…”

Jordán se preocupó. Su tierna esposa, a quien amaba, sentía que se escurría, que se desvanecía, casi como quien sujeta arena en un puño y ve cómo, inexorablemente, grano a grano, la arena se va perdiendo.

Preocupado, llamó al médico. El facultativo no logró encontrar la causa ni el motivo de la debilidad de Alicia. Aun así, ordenó “calma y descanso”. Día tras día, Alicia se encontraba peor. La sangre era cada vez más débil. Jordán, sin respuesta del médico, vivía atormentado.

El silencio de la vivienda era sepulcral, apenas interrumpido por los quejidos de Alicia. “Ella no tenía fuerzas y sentía un peso enorme sobre su cuerpo. Tampoco quería que la tocaran, ni siquiera que le arreglaran el almohadón de plumas donde apoyaba su cabeza”. En una penosa agonía, finalmente “Alicia murió, y entonces su cama quedó vacía”. Cuando la sirvienta fue a la habitación, notó algo extraño. “El almohadón donde Alicia apoyaba la cabeza tenía manchas de sangre” y pesaba muchísimo, tanto que la sirvienta no pudo levantarlo. Jordán se acercó a la habitación y comprobó que la sirvienta no exageraba: el almohadón tenía un peso fuera de lo normal.

Sorprendido, con un cuchillo lo cortó y lo que encontró lo enmudeció. “Primero, saltaron algunas plumas, y luego, apareció algo horroroso en el fondo. Era un bicho que vive entre las plumas. Cuando se alimenta de las aves, el bicho es muy pequeño, pero cuando chupa sangre humana puede llegar a ser enorme”. “Ese bicho había estado escondido en el almohadón de plumas de Alicia y, durante cinco días y cinco noches, le había chupado toda la sangre”.

Lo relatado es una reseña del cuento “El almohadón de plumas”, de Horacio Quiroga. Los entrecomillados hasta aquí son textuales de la obra.

Del mismo modo que el parásito del cuento crecía silencioso hasta consumirlo todo, la restricción externa se alimenta de cada ciclo de endeudamiento, de cada apertura indiscriminada, de cada apuesta a que “el mercado” resolverá lo que la política económica renuncia a encarar. Y, como en la historia de Alicia, cuando se advierten los síntomas ya es demasiado tarde: el organismo económico luce exhausto, sin defensas, incapaz de sostener su propio ritmo vital.

El problema, entonces, no se soluciona con fe ciega en el ajuste ni con la idea infantil de que cualquier ingreso de capital será, por definición, virtuoso. El desafío consiste en reconstruir un sendero productivo que permita generar divisas genuinas, diversificar exportaciones. Para ello es imperativo un tipo de cambio competitivo y un robusto mercado interno que vaya generando escala para un despegue exportador. Proteger las cadenas de valor estratégicas y administrar los flujos externos con racionalidad, no con dogmas.

Para ello es necesario un Estado que planifique, que oriente y que regule; un entramado productivo que se vuelva más complejo y competitivo; y una política macroeconómica que comprenda que los dólares no aparecen por obra del “orden espontáneo”, sino por decisiones concretas.

Si la “bestia” que succiona la sangre de la economía argentina existe, no es por un destino fatal. Es una construcción histórica. Y, por eso mismo, puede desarmarse. Pero para lograrlo hace falta diagnosticarla sin ingenuidad, tratarla sin improvisación y, sobre todo, reconocer que ningún país se desarrolla cuando su almohadón —el que sostiene el sueño colectivo— se llena de parásitos mientras todos miran hacia otro lado.