EL MISTERIO DE LAS ARMAS EN LA PLAZA 1810
La idea es hacer notar que la verdad oculta, puede ser conocida, incluso a pesar del silencio de quienes saben,
Un cuento de Alfredo Barsotti.
Cualquier semejanza con la realidad, pura coincidencia
Primer entrega.
LA VERDAD SOBRE LA APARICIÓN DE ARMAMENTO EN LA PLAZA 1810.
Un buen día Lobos se despertó con la presencia de personas vestidas con trajes blancos, como si fueran, agentes del espacio.
Promediando la mañana, ya los medios informaban que habrían aparecido armas y equipo policial, bajo unos ligustros de la plaza.
Con el correr de las horas, se supo, que ya la noche anterior, se habría encontrado un arma, con su cargador completo y, hasta alguien habría comentado, dijeron, con una bala en la recámara, lista para disparar. Lo peor, un niño de 4(cuatro), la habría tomado y mostrado a su madre.
Hasta allí la noticia. No hubo parte de prensa ni información de ninguna índole de carácter oficial
Todo lo que se dijo en los medios, eran simples conjeturas, trascendidos, y charlas en of, pero de oficial, nada.
Cuando este medio, tomó contacto con la autoridad policial, reclamando un comunicado de prensa, como se acostumbre, manifestaron de la comisaría primera que: “como ya algunos medios preguntaron y se compartió, algo de información, consideraban que no había más que decir hasta que se supiera algo en concreto”.
Todo parece un cuento, como para que alguien se pusiera a escribir y contara los corrillos que comenzaron a circular.
Por eso, EL CUARTO PODER, decidió, con permiso del autor, LLAMAR AL INSPECTOR LURO, y su fiel asistente, el periodista y escritor, Florencio, del cuento de ficción, PIRATAS DE LAGUNA, de Lucas Tomás Placido, para que con su sagacidad y observación, nos ayudara a develar este misterio.
La empleada del Correo Argentino, se quedó mirando al caballero que con saco y corbata, solicitó una estampilla para el envío de una carta certificada.
―¿Señor? Le preguntó la despachante a Florencio
―Buenos días señorita, ¿me podría expender una estampilla para enviar un correo certificado a La Plata?, a la vez que mostraba el sobre que depositaba en el mostrador
La empleada tomó el sobre y luego de tipear en la timbradora pasó el sobre por la máquina, realizó la inscripción en una planilla, y le entregó a Florencio un diminuto papel, con un código, no sin antes explicar que era el código de seguimiento, le extendió la factura y Florencio abonó la suma solicitada.
Cuando fue a entregarle el vuelto, se percató que ya la persona no estaba frente al mostrador.
Miró hacia los lados, y no encontró al extraño caballero. Miró el sobre y vio a quien estaba dirigido.
Inspector Esteban Luro, Foro de seguridad, La Plata.
Un repiqueteo de tres golpes suaves, sonó en la puerta de la oficina, un agente solicitó permiso y al escuchar la voz de ―Pase, ingresó al despacho del Inspector Luro.
―Carta certificada de Lobos, para usted, sr. Inspector.
La oficina de Luro, era sobria, un escritorio de dimensiones reducidas, la vieja Remington, un tintero sobre el centro del escritorio, hacia sus espaldas el perchero donde colgaba su saco y el sombreo, un mueble de madera lustrada que hacía de archivo, hacia el frente el ventanal con vidrios repartidos y las cortinas sobriamente desplazadas hacia el centro sostenida con una cita celeste.
Tomó el sobre, abrió el cajón del escritorio y tomo el delicado cortapapeles.
Reclinándose sobre la silla, se calzó los lentes de leer y leyó con avidez.
“De mi mayor consideración y estima:
Esperando que ud, se encuentre gozando de buena salud, me permito distraer su atención para enviarle un requerimiento de sus servicios, solicitado por ciudadanos locales.
La comunidad de Lobos, se encuentra inmersa en una serie de acontecimientos extraños, que escapan al simple raciocinio de la policía local.
A decir verdad, un cúmulo de situaciones no deseadas, hace que se vengan sucediendo una serie de hechos ilícitos que involucrarían a la policía local sin poder saber la sociedad de esta ciudad, cual es la trama que aqueja la presente problemática.
Parte de la sociedad cree que puede ser una interna policíaca, otra que son hechos políticos que tendrían como destino, el accionar del secretario de seguridad municipal, otros que pueden ser las andanzas de delincuentes organizados que están asolando a este distrito.
Este cúmulo de situaciones, hacen que ciudadanos preocupados por el devenir de estos hechos, creen un clima de incertidumbre sobre la efectividad de las normas del orden.
Como sé que después de nuestro retiro, usted se ha dedicado al asesoramiento en el área de seguridad del estado Provincial, pensé que tal vez podría tendernos una mano, al grupo de amigos de esta ciudad, que nos encontramos descorazonados con los dimes y diretes de estos acontecimientos.
A este grupo de amigos, todos vecinos de esta hermosa ciudad, nos llama la atención la ausencia de gestiones entre el estado municipal y provincial, por lo que creemos que tal vez, si usted lo considera necesario, se pueda dar una vuelta por esta ciudad y ver en persona, la preocupación que nos asiste.
Sabiendo de su sagacidad como observador y su pericia resolutiva, quedamos a la espera de su respuesta a la presente.
Saludos cordiales. Florencio Ameghino.”
Un Ford modelo 40, color bordó oscuro, impecable se detuvo en la estación de servicio frente a la terminal de micros de Lobos.
EL playero se quedó mirando maravillado el estado de la unidad, cuando buscó al conductor, se encontró a un caballero de traje oscuro, sombrero, zapatos impecables que miraba hacia los lados como esperando ver a alguien que lo recibiera.
―Buen día caballero, ¿va a cargar combustible?
―Sí, por favor, complete el tanque nomás.
En ese instante un auto moderno estacionó frente al bar de la estación, dos personas descendieron del rodado.
Uno de ellos se encaminó directamente hacia donde se encontraba Luro y con un fuerte apretón de manos y luego con un fraterno abrazo se saludaron, luego dirigiéndose a quien se encontraba parado observando la escena descrita, Florencio lo presentó.
―El señor es el cronista de El Cuarto Poder, quien me animó a contactarlo por los hechos que le he descrito en mi carta y que le amplié en nuestro contacto telefónico.
Luro, estacionó su auto al lado del automóvil que trajera a los recién llegados, ordenaron café en una mesa apartada del salón y comenzaron a charlar.
Sobre la mesa, una serie de fotocopias con noticias locales, una carpeta de apuntes, y más recortes iban pasando por las manos de Luro.
― ¿Quien más sabe de mi presencia aquí en la ciudad?, preguntó Luro
―Por ahora solo nosotros tres, una profesional del derecho, mujer ella, y la esposa del caballero.
―Si usted decide quedarse, amplió Florencio, se agregarían dos profesionales más, uno de ellos penalista y, un miembro de confianza del diario, que sería nuestro enlace desde las mismas extrañas del palacio municipal.
―Bien, dijo Luro. Esto es lo que haremos, sacó una libreta y comenzó a escribir. La charla se extendió por casi una hora y dos rondas de café.
Continuará…
Imagen de portada: Lucas Tomás Plácido
El Inspector Esteban Luro y Florencio Ameghino
Material sin corrección.






