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Cuando la deuda se paga con el cuerpo

 

Por Pablo Vera para El Cuarto Poder

La literatura narró una y otra vez el vínculo entre deuda, sometimiento y violencia. Existen varios casos en la literatura universal que versan sobre la relación entre las deudas y las formas de pagarlas. Los más trágicos y sombríos son aquellos que se centran en “pagar” con el propio cuerpo.

Algo así sucede en la Argentina. Los niveles de endeudamiento familiar ponen en crisis a los hogares. El último “Informe de Bancos” del BCRA establece que los niveles de morosidad llegan al 12,1 por ciento, y alcanzan el triste récord de ser el punto más alto de los últimos veinte años. Se calcula que en la Argentina hay más de veinte millones de deudores, de los cuales más de tres millones se encuentran en “situación irrecuperable”.

Gabriel García Márquez escribió en 1972 “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada” . Eréndira, sometida a una vida de privaciones y prácticamente “esclavizada”, pasa todo el día trabajando, cuidando y satisfaciendo todas las necesidades de su abuela. Con apenas catorce años, se duerme de pie, con tan solo unas pocas horas de descanso que, cuando llegan, la encuentran exhausta, según escribe García Márquez: “Vencida por los oficios bárbaros de la jornada, Eréndira no tuvo ánimos para desvestirse, sino que puso el candelabro en la mesa de noche y se tumbó en la cama. Poco después, el viento de su desgracia se metió en el dormitorio como una manada de perros y volcó el candelabro contra las cortinas”. El fuego todo lo devoró. Cenizas y más cenizas eran las protagonistas de una escena infausta, dramática. “La abuela contemplaba con un abatimiento impenetrable los residuos de su fortuna… Cuando se convenció de que quedaban muy pocas cosas intactas entre los escombros, miró a la nieta con una lástima sincera. —Mi niña —suspiró—, no te alcanzará la vida para pagarme este percance.”

Ese mismo día, la virginidad de Eréndira fue vendida al tendero del pueblo. La abuela, luego de un regateo, aceptó la cifra ofrecida y la niña, en la mayor de las crueldades, fue sometida. La resistencia de Eréndira fue respondida con una bofetada, una torcedura de brazo y más dolor. Finalmente, “Eréndira sucumbió entonces al terror y perdió el sentido”.

La abuela cumplió su promesa: la deuda se hacía impagable. “Cuando ya no hubo en el pueblo ningún otro hombre que pudiera pagar algo por el amor de Eréndira, la abuela se la llevó en un camión de carga”. La frágil niña pagaba con su cuerpo una “deuda” injusta e inmerecida. Su cuerpo y su inocencia eran vendidos por su propia abuela, que, sin tapujos, seguía buscando hombres dispuestos a “robar” el cuerpo de la niña.

Una libra de carne

Con una crueldad distinta, probablemente la obra más clásica sobre este tema sea “El mercader de Venecia”, de 1600. William Shakespeare describió con una prosa ágil y, sin dudas, perturbadora, el personaje Bassanio. Necesitado de dinero para viajar y poder cortejar a Porcia, una rica joven heredera de un importante patrimonio, acude a su amigo Antonio. Este, a su vez, recurre a Shylock, un severo prestamista. Antonio y Shylock se odian mutuamente. Sin embargo, el prestamista acepta concederlo pero exige una garantía: si la deuda no se abona al vencimiento, Shylock se arroga el derecho de cortarle una libra de carne del cuerpo de Antonio. La deuda debe ser pagada con el cuerpo.

Sobre la base de “El mercader de Venecia”, la literatura argentina, por medio de Agustín Cuzzani, escribe la obra teatral “Una libra de carne” (1954). En ella, Elías Beluver, un humilde trabajador asfixiado por las deudas, también recurre a un prestamista, Thomas Shylock García, quien, en forma contractual, exige que, de no pagarse la deuda con sus intereses leoninos, podrá ejecutar el contrato, teniendo el derecho de cobrarse una libra de carne del deudor. La obra se desarrolla en los estrados de un juzgado, donde el acreedor exige la ejecución del contrato.

Una agonía diaria

En estos días, los trabajadores registrados van a cobrar el medio aguinaldo del año. Según informa una encuesta de Focus Market, el 23 por ciento de los argentinos destinará esos fondos a cancelar o disminuir deudas. En junio de 2025, apenas el nueve por ciento los utilizó para similares fines.

Por debajo de algunas encuestas y de los informes del BCRA, y solapada en la mayoría de los medios, hay cientos de argentinos que, como el deudor Elías Beluver, se ven sometidos, más que a un juicio, a una agonía diaria. Cuando el salario no alcanza, el pluriempleo deriva en jornadas de trabajo extenuantes, se agotan las vías formales de endeudamiento —tarjetas de crédito, préstamos personales bancarios, billeteras virtuales, etc.— y se cae en la más vil usura.

Allí aparecen, de la mano de la economía criminal, los llamados “préstamos gota a gota” o “préstamos a la colombiana”. En general, son asimilados como una actividad conexa al narcotráfico y, según indica el “estado del arte” sobre el tema, nacieron en Colombia hacia finales de la década de 1990. Organizaciones criminales con voluminosos excedentes de dinero vieron en “estos préstamos” un mecanismo de lavado de activos.

Felipe Borráez Segura, en “Los préstamos gota a gota: un desafío complejo para la convivencia y la seguridad ciudadana en Bogotá” (2020), los define de la siguiente manera: “Los préstamos gota a gota, también conocidos como presta diario o express, son una modalidad de crédito que se caracteriza por la facilidad de acceso, definidos como créditos informales que se otorgan sin garantías”. Y agrega: “Con tasas de interés equivalentes a la usura”. En general, con pagos diarios de intereses, estos préstamos provocan una sangría permanente sobre el deudor. Esta modalidad llegó a la Argentina hace aproximadamente quince años. Nació en el país en estrecha relación con ciudadanos colombianos vinculados a la actividad criminal. Hoy se ha expandido y ya no es patrimonio de ninguna nacionalidad en particular.

En general, “el negocio” comienza con la distribución de volantes, seguida por “administradores” que se contactan con los potenciales deudores. Allí, según el caso, se simula la compra en cuotas de algún bien, generalmente muebles, y se establecen las formas de pago. Los “cobradores” recaudan diariamente los intereses y dan aviso cuando algún “deudor incumple”. En esta “cadena de valor criminal”, son los “jefes de seguridad” quienes se encargan de presionar y amenazar a quienes no cumplen sus pagos. Este mecanismo puede variar según cada barriada, pero, en esencia, mantiene un núcleo común: la garantía es el miedo del deudor a perder la propia vida.

Miles de Beluver

En algunos casos extremos, el deudor es ejecutado. Sin embargo, no siempre ese es el desenlace. Las deudas son canceladas llevando a familias enteras a los más inimaginables sacrificios y, en otros casos, se establecen pagos en especie: el deudor, contra su voluntad, se transforma en un engranaje de la organización criminal, ya sea como mensajero, custodio de mercancías, transportista, etc.

Por las características informales de esta actividad, es imposible saber cuántos argentinos están sufriendo esta pesadilla. Aun así, la charla con cualquier vecino o vecina, sobre todo de barrios populares, da fe de que esta modalidad está presente en el territorio.

Elías Beluver es sentenciado al final de la obra y se le extrae una libra de carne de la parte más cercana al corazón para satisfacer al acreedor.

Hoy, en la Argentina, y no en la ficción, existen miles de Beluver que, día a día, en una lenta agonía, van perdiendo su vida. La política debe ir en su auxilio. De lo contrario, los lamentos serán en vano y se transformarán en una vergonzante hipocresía.