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LEY EMA

 

Escribe  Jesica Contrera

Ema y el nombre detrás de la ley

Hay leyes que nacen de un diagnóstico técnico y leyes que nacen de un dolor concreto. La Ley Ema es de las segundas. Lleva el nombre de Ema Bondaruk, una adolescente de Longchamps de dieciséis años que en agosto de 2024 fue víctima de la difusión, sin su permiso, de imágenes íntimas dentro de su propio entorno escolar. Poco después, decidió quitarse la vida. Detrás de ese nombre hay una madre, Laura Sánchez, que transformó ese dolor en un proyecto de ley, junto con organizaciones como Faro Digital y Ley Olimpia Argentina.

La iniciativa acaba de obtener media sanción en la Cámara de Diputados de la provincia de Buenos Aires y avanza ahora hacia el Senado bonaerense, mientras existe también una versión a nivel nacional con el mismo espíritu. Su propuesta es concreta, crea un programa de prevención y abordaje integral de la violencia digital en las escuelas, incorpora en la currícula contenidos sobre consentimiento, privacidad y derechos digitales, y actualiza los protocolos escolares para que sepan qué hacer frente a la difusión de material íntimo, el ciberacoso o la suplantación de identidad, resguardando la prueba y evitando que quien ya sufrió la situación vuelva a sufrirla en el propio trámite institucional.

Los números ayudan a entender por qué esta ley era necesaria. Un informe de Grooming LATAM ya señalaba que en Argentina siete de cada diez chicos y chicas recibieron alguna propuesta de tipo amoroso de un desconocido en línea, y que a uno de cada cuatro le pidieron imágenes de desnudez o semidesnudez. Son cifras que hablan de una experiencia bastante extendida entre las adolescencias, más cercana de lo que solemos imaginar cuando pensamos en estos casos.

Vale detenerse también en un punto central de la ley, que reconoce la violencia digital como una forma específica de violencia de género. No es un matiz menor. Cuando una imagen íntima circula sin autorización, el peso social suele recaer sobre quien fue expuesta y no sobre quien decidió exponerla. Ahí aparece una lógica conocida, donde el cuerpo femenino termina tratado como si fuera un problema propio y no la responsabilidad de quien lo difundió.

Esta columna también quiere ser una invitación a prestar más atención a lo cotidiano. Lo que circula sin pensarlo demasiado en un grupo de WhatsApp del curso, un comentario sobre el físico de una compañera, la idea de que estas cosas son un tema privado y no algo que le compete a la escuela. No hace falta juzgar a nadie para hacerse estas preguntas, alcanza con plantearlas en voz alta, en la escuela, en casa, en una radio como esta.

La Ley Ema no va a devolverle nada a Ema, pero sí puede evitar que otra familia tenga que atravesar lo mismo. Habla de una adolescente y, al mismo tiempo, de todas las que hoy construyen buena parte de su vida en una pantalla, sin que un adulto esté siempre cerca para acompañarlas.