Escribe Pablo Vera, subsecretario de Políticas de PBA, colaborando con El Cuarto Poder
Siempre recuerdo que mi maestra Isabel, de la Escuela N° 42 de Avellaneda, nos enseñaba que no está bien sumar peras y manzanas pretendiendo que fueran frutas iguales.
Lástima que ni el Presidente ni su ministro de Economía estudiaron con ella.
El crecimiento del consumo privado que exhibe el Gobierno oculta dos realidades opuestas. Mientras algunos sectores compran bienes durables, viajan o cambian el auto, millones de argentinos reducen alimentos, medicamentos y otros gastos esenciales.
El aumento de las tarifas, la pérdida del poder adquisitivo y el endeudamiento familiar producen una sensación creciente de asfixia. El Gobierno construye un muro que encierra a las mayorías en las catacumbas del ajuste.
El último informe del INDEC, “Cuentas nacionales. Informe del nivel de actividad, primer trimestre de 2026”, señala que el Producto Interno Bruto (PIB) creció un 2,3 por ciento en comparación con igual período de 2025.
Por el lado de la demanda, el componente que más creció fue el de las exportaciones, con una suba del 9,8 por ciento interanual, seguido por el aumento del consumo privado, del 2,7. El mileísmo pretende mostrar este último dato como una señal inexcusable del comienzo de una mejora en los hogares argentinos.
Sin embargo, la inmensa mayoría de los argentinos no siente que su consumo crezca ni mejore. Por el contrario, miles de adultos mayores optan por obviar algún medicamento recetado y comprar solo los más económicos. El consumo de carne roja cae a niveles históricos, al igual que la cantidad de alumnos en escuelas privadas y la contratación de medicina prepaga. Al mismo tiempo, aumenta el número de jóvenes que vuelven al hogar de sus padres porque no pueden afrontar el costo de un alquiler.
Para comprender esta contradicción entre los datos y la realidad cotidiana resulta imperioso despejar los adornos de ciertos datos estadísticos y analizar su fisonomía, su naturaleza.
Muy estilizadamente, se puede definir al consumo privado como el gasto realizado en bienes y servicios finales, ya sean producidos a nivel local o importados. Sería la sumatoria de todos los gastos de una familia. Incluye bienes durables, alimentación, transporte y servicios en general.
Veámoslo con un ejemplo. Si aumentan los servicios de agua, luz, gas y transporte, como lo han hecho desde la asunción de Milei, aumenta el consumo privado. Cualquiera, con mucha lógica, podría decir: “Pero ese aumento no significa mejorar mi nivel de vida, sino que estoy pagando más por algo que antes pagaba menos, sumado a que no puedo dejar de pagar servicios esenciales”.
Damián Falcone, profesor de Gestión de Riesgos y Finanzas de la IAE Business School de la Universidad Austral, reconoce que pocas variables económicas en la Argentina generan tantas lecturas dispares como el consumo.
Falcone sostiene: “El récord de consumo no proviene de la góndola del supermercado, sino de las Cuentas Nacionales del INDEC. El dato es técnicamente correcto, pero engañoso si no se lo descompone. Parte de la población pudo comprar un auto, una heladera o un pasaje de avión, mientras otros sectores recortaban consumos primarios. El promedio de ambos comportamientos da positivo y proclama un récord. Pero ese promedio describe un país que no existe, porque es la suma estadística de dos realidades opuestas”.
Él sí parece haber tenido a la señorita Isabel.
Falcone propone incorporar al análisis tres preguntas fundamentales: qué se compra, dónde se compra y quién compra.
Como el consumo privado, según el INDEC, releva la totalidad de los gastos de los hogares, resulta crucial diferenciar los bienes durables de los bienes de consumo masivo. En este caso, aunque el resultado general sea positivo, no puede soslayarse el desplome del consumo masivo. Esta es la respuesta a la pregunta sobre qué se compra.
Con respecto a dónde se compra, el aumento de las compras puerta a puerta no puede soslayar ni reemplazar el derrumbe de las ventas en los supermercados.
Finalmente, el aspecto principal es quién compra. Allí, las cifras indican un aumento del consumo en sectores geográficos vinculados con la energía, la minería y el agro, y un fuerte retroceso en los grandes centros urbanos.
En síntesis, el consumo de las grandes mayorías no refleja de forma alguna un aumento del consumo masivo. Sí resulta preocupante el peso cada vez mayor que tiene el pago de servicios como luz, agua, gas y transporte en las economías familiares.
Como dice Guido Zack, un cambio en la distribución del ingreso repercute sobre los patrones de consumo. Por eso, como decía mi maestra, no hay que sumar peras con manzanas.
El IIEP de la UBA señala que, a junio de 2026, la canasta de servicios aumentó un 54 por ciento interanual, producto de un incremento del 75 en el transporte que, sumado a otros servicios, determina un crecimiento de más de 20 puntos por encima del IPC, que llega al 34 por ciento.
Este apretón en los servicios, sumado a un salario que no logra recuperar poder adquisitivo, situación aún más notable entre los trabajadores no registrados, está produciendo un ahogo familiar que se asimila a una sensación de asfixia.
Sylvia Plath, en su obra La campana de cristal (1963), describe la depresión no como un dolor agudo, sino como una sensación de estar atrapada bajo una campana de vidrio, donde la respiración se hace lenta, el aire se vicia y la vida se desvanece.
Millones de argentinos sufren el vacío y el ahogo de una situación que los oprime y los sepulta. Muchas de esas personas, para intentar salvarse en la desesperación de un naufragio, se endeudan para sumar ingresos de manera casi artificial.
Alejandro Sangiorgio, en “Mora de créditos a familias sin techo, con marcado perfil regresivo y alerta por incumplimiento de pymes”, como en otros informes similares, alerta sobre una grave situación de morosidad.
Señaló el 18 de julio último: “La salud financiera de los hogares continúa atravesando un momento crítico, caracterizado por una morosidad del crédito a familias que en abril de 2026 registró una nueva aceleración en su incremento, batiendo un nuevo récord”.
Agrega que se observan disparidades en la irregularidad según el tipo de crédito. En las entidades no financieras, la mora duplica la registrada en las entidades bancarias, con un 28,7 por ciento frente a un 12,1, respectivamente.
Observa también que los préstamos de menor tamaño casi duplican el registro de atraso en los pagos respecto de los préstamos de mayor monto, con un 33 por ciento frente a un 20,1.
Según Sangiorgio, “la escalada de la morosidad familiar actual parece no encontrar techo y continúa batiendo récords”.
Marcelo Longobardi, periodista insospechado de “ideas populistas”, sostiene en “El consumo masivo acumula siete meses de retroceso y registra una caída interanual del cinco por ciento”. Dijo: “El consumo se desploma y la confianza de la gente se deteriora al mismo tiempo. Ya no se trata de fenómenos aislados, sino de una tendencia”.
Y, efectivamente, en esto coincidimos también. La consideramos una tendencia.
Uno de los pilares del esquema mileísta es mantener un techo a los ingresos. Por lo tanto, resulta inexorable que se comprima el ingreso disponible. Conservar una demanda acotada, que no presione sobre los precios, es una pauta central del esquema libertario.
Cada vez valoro más a mi maestra Isabel.






