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SOBRE PROSTATITIS Y OTRAS URTICARIAS

 

“A mí nunca me interesaron los cargos…” le dijo a Zabalo mientras se rascaba a cuatro manos.

 

Cuando el presidente Milei -con su habitual y refinado buen gusto- los trató de “viejos meados”, muchos dirigentes lobenses entrados en años se hicieron los distraídos, pensando que se refería a los otros.

Toda una generación de dinosaurios vernáculos, que alguna vez fueron jóvenes, se acostumbró durante mucho tiempo a pensar la política como un hobby (y por supuesto un lobby) de gente con apellidos ilustres y billeteras gordas. Como una fuente de prestigio social, influencias comerciales y lindas ocasiones para getonerar en eventos sociales y salir en la foto de algún semanario de gente de bien.

Algunos optaron por entrar al ruedo para satisfacer su vanidad, como quien busca destacarse en un deporte popular. Muchos otros participaron desde atrás de la escena, poniendo plata para las campañas, y llenando formularios para licitaciones municipales. Para saber de quienes hablamos, bastaría por pegarle una ojeada al registro de proveedores del Municipio de Lobos, o al padrón de afiliados veteranos de la U.V.C. y la U.C.R. local (esos que en los clubes se llaman vitalicios y ya no les cobran la cuota social).

La “política” de comités cerrados que funcionaban por invitación con tarjetas de cartón, fue durante décadas un lugar seguro donde despuntar el vicio. Se rosqueaba casi en el anonimato, salvo cuando se convocaba al pueblo a votar y entonces los vecinos se enteraban de que fulano o mengano eran sus candidatos a intendente y otros cargos

El Siglo XXI trajo cambios que fueron pasando de sorpresivos a drásticos con el correr de pocos años. Primero fue la crisis del 2001 que puso sobre la calle las miserias del orden social imperante, y metió en el baile a una clase media acostumbrada a confiar en el orden conservador y en la seguridad de los bancos.

Enseguida vino la sorpresa que significó, para los partidos de la gente de bien lobense, la emergencia de un fenómeno atípico llamado Kirchnerismo en el país y Sobrerismo en el pago chico. La política se volvió insegura y conflictiva, dejó de ser un hobby dominguero y pasó a ser un trabajo que exigía esfuerzo y compromiso.

Las redes sociales hicieron el resto una década después. Al principio parecieron una herramienta salvadora para terminar de una vez por todas con la dictadura de zurdos y peronchos, y esa avalancha sin sustento fiscal, de derechos y reivindicaciones sociales impulsadas por cualquier horda de minorías inescrupulosas.

La política dejó de ser anónima. En los pueblos como Lobos los titiriteros más oscuros comenzaron a quedar expuestos ante chusmas que antes ni siquiera los reconocían por las calles del pueblo, pero ahora pueden ver sus fotos en cualquier celular.

 

Los pocos getones conocidos y reconocidos pasaron de ser candidatos al bronce en la Plaza 1810, a ser simples ciudadanos sobre los que miles de personas ignorantes opinan y emiten juicios sin pedirles permiso. Cualquier croto empezó a reírse de las declaraciones de antiguos dirigentes de todos los partidos cuyas expresiones eran palabra sabia y santa.

Entonces vino un presidente de la Sociedad Rural, y les dijo: “muchachos, o nos juntamos todos los gorilas o este circo no se termina más”. Le juntó la cabeza a la mayoría, y armó una pyme municipal que ya lleva once años de funcionamiento y buenos negocios.

Pero el tiempo es cruel y no perdona a nadie. La prostatitis y la urticaria tampoco. Un día irrumpió en la política nacional un outsider que los trató de “viejos meados” y todos los veteranos dirigentes de Lobos (este relato ya atravesó varias décadas y los chicos crecen) se hicieron los pelotudos, pensando que hablaba de los otros.

Al tren del outsider de moda se abalanzaron de cabeza cuantos lumpen sin futuro habían quedado tirados en las calles de la historia lobense. Pronto se aferraron a la locomotora del trencito libertario local, oportunistas y punteros de todos los colores que en su puta vida había escuchado hablar del libre mercado, de la escuela austriaca, de Murray ni de los otro perros de Milei. No esperaron ni a meter dos concejales para empezar a los manotazos. Una falta total y absoluta de cultura y timing político para manotear, dejó a la primera camada de libertarios al borde del abismo en tan solo dos años. Ni Adorni se atrevió a robarse los fondos de campaña.

Acosados por derecha por los salvajes libertarios, y por el otro flanco por los plebeyos peronistas retornando como una avalancha de votos de la mano de un tal Martín de la calle Necochea, los ya antiguos (en todo sentido) socios de la pyme municipal comenzaron a sentir eso que se conoce como “urticaria”.

La situación actual es que ya no les alcanzan las manos para rascarse. Las denuncias de corrupción que vinculan a la pyme municipal con su registro de proveedores, y en especial con parientes, amigos, e ilustres apellidos del principado, que fueran orgullo tiempo atrás de las mas patricias familias radicales y conservadoras, hoy pican tanto que muchos se quieren tomar el pire, antes de que sea demasiado tarde, y los salpique el agua bendita de la planta de tratamiento de residuos cloacales.

Agobiado por las burlas de origen prostático del outsider de la Casa Rosada, por la decadencia inocultable del gerente de negocios de Salgado 40, por el avance de los indios de los suburbios lobenses, y por la picazón generalizada en todo el cuerpo, el concejal Ferrari, parafraseando al ex ministro de economía Hernán Lorenzino, dijo a sus allegados la célebre frase “Me quiero ir”.

En estas horas son desesperados los intentos del oficialismo municipal por retener al concejal en su cargo. Sin embargo, el experimentado Ferrari le dijo públicamente, en plena reunión del HCD, a su excompañero de bancada el Dr. Daniel Zabalo lo siguiente:

A mi nunca me interesaron los cargos. Pero yo estoy sentado acá como un simple concejal porque vos no me apoyaste para ocupar el cargo de presidente del concejo”. Y esas fueron, hasta ahora, sus últimas palabras.

 

ALEJANDRO GE