JUEGO DE NAIPES, Capítulo tres de la obra de Lucas Tomás Plácido
Capítulo 3: Algunas pistas ocultas
El frescor del aire de campo nos invadió cuando salimos afuera del inmueble que hacía las veces de salón comedor. Luego hicimos un recorrido a lo largo de todo el perímetro de la construcción, en el cual el detective Esteban Luro observó hasta el más mínimo detalle de las paredes y aberturas de aquel lugar. Saliendo por la puerta de entrada que poseía un pequeño alero, no se observaban demasiados detalles más que la gruesa pared exterior pintada de blanco. Caminando y doblando la esquina exterior del inmueble, continuaba la amplia pared blanca dominando la escena; solo un par de palenques solitarios al costado rompían su monotonía.
La parte trasera de la construcción ofrecía algunos detalles más. Aquí se observaba la parte exterior de las dos ventanas que habíamos examinado en la parte interna, tanto del comedor como de la habitación contigua. Dichas ventanas sólo podían ser abiertas desde adentro, y estaban protegidas por dos gruesos postigos de madera, todo pintado de un color verde oscuro. El detective las examinó en detalle, además del marco y los postigos. En cuanto a la pared, más allá de las dos ventanas, no ofrecía demasiadas diferencias con las anteriores; también se encontraba pintada de blanco y solo se encontraba adornada con algunos ladrillos salientes intercalados al costado de las ventanas, imitando una columna adherida a la pared. Esteban Luro observó todo con cuidado, luego me invitó a acompañarlo al pequeño monte de Eucaliptos que se encontraba a unos cuantos metros a nuestras espaldas. Varias plantas añosas formaban el pequeño monte, ofreciendo una agradable sombra para el calor del verano. No pudimos llevarnos mucho de allí más allá del perfumado aroma de los árboles. Sus copas se abanicaban con la brisa de la tarde, interrumpiendo el más absoluto silencio.
Volvimos hacia la construcción para observar la última de sus paredes. Un nuevo muro pintado de blanco sin ningún tipo de relieve ni abertura apareció ante nuestra vista.
- Creo que este lugar ya nos ha dicho todo – manifestó el detective en aquel momento. – Volvamos a reunirnos con Don Celestino mientras elaboro algunas conclusiones.
Pude notar un cierto aire de inquietud en sus facciones. Indudablemente algo no le cerraba en todo lo que nos rodeaba. El personal de la estancia ya estaba retomando sus tareas habituales y Don Celestino Hernández nos esperaba de pie junto al oficial Gómez, que se había quedado para acompañarnos. Ambos dialogaban sobre los desconcertantes acontecimientos ocurridos recientemente.
- Creo que los hechos están más que claros – indicó el oficial a nuestra llegada.- Resta averiguar el móvil que condujo a este dramático desenlace.
Dirigí mi mirada a Esteban Luro en aquel momento para escuchar su opinión y lo encontré observando pensativamente el lugar de los hechos. Conocía bien aquella actitud, que denotaba el más profundo grado de análisis sobre alguna cuestión en particular. La tarde estaba cayendo y el sol comenzaba a ponerse en el horizonte. En un par de horas, la noche se adueñaría de toda la estancia. Intuitivamente pensé que ya todo había terminado y era hora de volver. Pude ver también que el oficial Gómez coincidía conmigo, aunque el detective Esteban Luro estaba lejos de pensar lo mismo. Solo bastó escucharlo para confirmar que nuestra tarea allí no estaba terminada.
- Cuando casi todas las hipótesis sobre algún asunto han sido descartadas, la última de ellas, por más inverosímil que parezca, tiene que ser cierta – expresó. – Don Celestino, le agradecería me pueda facilitar algunos de esos petardos que utilizan para espantar el ganado, todavía queda mucho hilo para hilar en este carretel.





