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https://www.solumedia.com.ar/radios/6498/index.html

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LOBOS, RURALIDAD O SUBDESARROLLO

 

En una nueva entrega de la situación del distrito lobos, desde el punto de vista del análisis estadístico propio y de información que se puede conseguir, tironeando  en distintos ámbitos que la tienen, pero la mantienen escondida para que la ciudadanía no se entere, el Cuarto Poder asume la responsabilidad de difundir los trabajos de nuestro columnista estrella.

 

LOBOS: ¿RURALIDAD O SUBDESARROLLO?

Mucha gente que vive en centros urbanos como CABA, romantiza la “ruralidad” como un estilo de vida ligado a la naturaleza. Fantasea con tener un parque con algunos frutales, un caballo o cuatro gallinas, y un hermoso perro de buena raza durmiendo junto al hogar a leña. Muchos, mirando el horizonte por la ventana de su departamento, se inspiran en el cine de EEUU, donde en el campo todos tienen camionetas nuevas de 8 cilindros, hermosas casas con cercas de madera pintadas de blanco y algún empleado que se ocupa de todo (y que tiene su propia camioneta, un poco más vieja).

Los más privilegiados cumplen parcialmente su fantasía de ruralidad cuando se mudan a un barrio privado con todas las comodidades de la ciudad. Pero otros, optan por comprarse una quinta de fin de semana en la periferia rural. Entonces es cuando empiezan a tomar conciencia de que, en Argentina, la ruralidad se parece mucho más al subdesarrollo que a un capítulo de la serie Yellowstone.

En las ciudades como Lobos, vivir frente a la Plaza 1810 o en su entorno, puede resultar tan confortable o más, como en un barrio residencial de una gran ciudad, con comercios, bares y restaurantes. Con ventajas como estacionar en la puerta de tu casa, o usar el celular en la vereda sin que te lo roben. Sin embargo, basta con alejarse unas pocas cuadras del centro para comenzar a sentir los efectos de la ruralidad, o más bien, del subdesarrollo.

Entre los censos del 2010 y 2022, la ciudad de Lobos paso de tener 29.868 a 35.719 habitantes, con un crecimiento del 20%. Si mantuvo el mismo ritmo de expansión hasta 2026 ya debería tener cerca de 40.000 vecinos. En el mismo período, la comarca de la laguna registró un crecimiento explosivo de casi el 40%, mientras que todo el resto del interior lobense contrajo su población casi un millar de personas hasta las 4.000 actuales repartidas entre las estancias y un puñado de pequeños pueblos rurales.

Estos datos, nos dejan el panorama de una ciudad que se expande hacia la ruralidad periférica con el surgimiento de loteos y barrios nuevos. Y un segundo conglomerado a 14 km de distancia, que se expande rápidamente y desde luego, reclama cada vez más protagonismo y atención de parte del gobierno municipal.

La realidad, sin embargo, es la misma para todos. El crecimiento espontáneo y sin planificación alguna, se desarrolla sobre la disponibilidad de los mismos servicios básicos, en calidad y cantidad, que hace muchos años.

A medida que la población y la superficie urbanizada se expanden sobre la misma infraestructura de hace 10 o 15 años, es lógico que los indicadores de calidad de vida se deterioren en la misma proporción. Según el censo de 2022 solo el 30% de los lobenses tenían cloacas, concentradas en el zona céntrica de la ciudad. El agua de red alcanza al 50% de la población. Para quienes no la tienen, al arsénico y los agroquímicos que salen de la canilla, se suman las bacterias de origen fecal que invaden las napas. Para el 2026 todo eso ya está peor.

La energía eléctrica no alcanza para todos, mucho menos para las pocas industrias locales, ni para que vengan nuevas a remediar la falta de oportunidades de trabajo. Se corta habitualmente con la primera ráfaga de viento, y nos quedamos a oscuras, sin luz, sin cable ni conectividad.

La mitad de la ciudad de Lobos está construida sobre calles de tierra o apenas mejorada, y por supuesto ni hablar del interior, ni de los caminos rurales que interconectan las únicas dos rutas que atraviesan el partido.  El acceso a la salud resulta cada vez más complicado, con un solo hospital público provincial desbordado y un sanatorio privado en permanente crisis. Para situaciones de complejidad, quienes tienen recursos viajan a La Plata o a CABA. En la comarca de la laguna y el resto del interior, de no ser por los bomberos voluntarios, una urgencia médica puede equivaler a una condena a muerte. El trasporte público responde a las necesidades de medio siglo atrás, por lo que, en los barrios periféricos de la ciudad, para muchos vecinos es “normal” caminar 10 cuadras por calles embarradas, para tomar el colectivo, ir a trabajar, estudiar o hacer un trámite.

Cuando en Lobos, cada vez con más frecuencia, se habla con preocupación del peligro de la “conurbanización”, en general se hace referencia especialmente al deterioro de la seguridad publica y el crecimiento delictivo. Incluso hay gente que se opone a convertir la ruta 205 en autopista porque eso agravaría los problemas de inseguridad.

Lo que muchos lobenses se resisten a aceptar, en especial los responsables de tomar decisiones y administrar los recursos públicos, es que la conurbanización ya está entre nosotros y afecta a la mayoría de nuestros vecinos, en todos los indicadores representativos de la calidad de vida. Aunque queramos ocultarnos la verdad, nuestros índices en casi todos los rubros son peores que los del siempre vapuleado Partido de La Matanza, aunque tenemos menos del 3% de su población, un centro turístico con una ubicación privilegiada, y más de 100.000 hectáreas de tierras fértiles.

La falta de inversión en infraestructura básica y servicios esenciales para una calidad de vida razonable va convirtiendo gradualmente a Lobos en un pueblo subdesarrollado, sin el encanto de la ruralidad ni las ventajas de los centros urbanos.

Mientras regularmente se actualizan los impuestos municipales para sostener los privilegios de una casta política inoperante atornillada a los sillones, en Lobos, la decadencia nos está costando muy cara, mucho más cara de lo que les pagamos con  plata.

 

ALEJANDRO GE