Y UN DÍA, AL REY DE LOBOS, CARRIQUIRY LO MOSTRÓ DESNUDO
Etcheverry vetó la ordenanza que regula el uso de los vehículos oficiales.
Como muchos suponían, el Intendente Jorge Echeverry vetó la Ordenanza Municipal N° 3254, aprobada por unanimidad por el Concejo Deliberante en representación del pueblo de Lobos.
Durante años muchos funcionarios jerárquicos del Municipio han naturalizado el uso de autos y camionetas oficiales para fines particulares. Recordado es el caso de quien fuera fotografiado utilizando la camioneta que tenía asignada, para ir a retirar “sin permiso” los muebles de su ex esposa de la casa de esta, bien lejos de los límites de la ciudad. Es moneda corriente el ir y venir los fines de semana o fuera del horario de servicio, con el consiguiente consumo de combustible y el desgaste de las unidades a costa del bolsillo de los contribuyentes. El propio intendente lleva un lamentable récord de vehículos siniestrados.
La norma en cuestión intentaba poner límites al uso indebido y abusivo de los vehículos municipales que son patrimonio de todos los lobenses, por parte de decenas de funcionarios jerárquicos a la vista de todos y con total impunidad.
Impulsada por Martín Carriquiry, la ordenanza ahora vetada había sido consensuada con todos los sectores del HCD, lo que da cuenta de la obviedad indiscutible de la situación que se pretendía corregir. Hasta la propia bancada oficialista levantó la mano para otorgarle a la medida una contundente unanimidad de los representantes del pueblo.
Sin embargo, el conflicto ya se vislumbraba cuando pocas horas después de la sanción legislativa, el concejal Ferrari, claramente atribulado y confundido salió a intentar explicar la ridícula situación de que todos los concejales oficialistas habían votado afirmativamente “por error”. ¿Cómo se hace para votar al unísono una ordenanza por error? ¿Error político, tal vez? ¿No se imaginó Ferrari que su jefe, acostumbrado a hacerlos funcionar como la escribanía municipal, los iba a “cagar a pedos” a todos?
Es que, además de corregir una situación a todas luces irregular, parece ser que la ordenanza le pegaba por elevación al propio intendente, acostumbrado a romper y descartar camionetas de U$S30.000.- sin inmutarse ni dar explicación alguna a los verdaderos propietarios de los bienes dañados por su impericia al volante.
El veto, que tardó pocos días en llegar, se intenta justificar con “falencias técnicas”, y con el supuesto hecho de generar problemas operativos en la gestión municipal.
El episodio dejó a la vista una profunda diferencia de método, filosofía y ética política entre Martín Carriquiry y Jorge Echeverry. Mientras el primero consensuó la medida con todas las fuerzas lobenses con representación en el concejo, el intendente, acostumbrado a hacer lo que quiso durante diez años, la eliminó en una decisión absolutamente personal y autoritaria.
Más allá de las consideraciones argumentales utilizadas para vetar la ordenanza, su espíritu y objetivos estaban absolutamente claros. Nada le hubiera costado al intendente hacerse cargo de las irregularidades denunciadas y corregirlas en forma consensuada. Nadie iba a exigirle que ninguna medida se adoptara caprichosamente afectando el uso de los vehículos, cuando realmente eran utilizados para agilizar la gestión municipal.
El intendente Echeverry desperdició así una excelente oportunidad para demostrar su respeto por el funcionamiento democrático de nuestras instituciones municipales, su capacidad de autocrítica, y su empeño por liderar éticamente el comportamiento de su equipo de trabajo. Nada de eso sucedió y, por el contrario, una simple iniciativa con el estilo respetuoso y dialoguista al que Carriquiry nos tiene acostumbrados dejó al desnudo una realidad que los lobenses ya conocemos: la omnipotencia autocrática del ejecutivo, y el servilismo obediente que lució durante una década el bloque oficialista del deliberativo.
El uso indebido y abusivo de la flota de vehículos oficiales, incluso muchos sin la debida identificación, es algo que lamentablemente ocurre a la vista de todos. Solo se trataba, Sr. Intendente, de ordenar razonablemente el asunto y poner límites a sus funcionarios, que por si no lo sabe, no son integrantes de una familia monárquica, sino empleados en relación de dependencia de nosotros, los contribuyentes, por intermedio de la estructura municipal, a cuyo frente lo pusimos a Usted para que la gerencie con idoneidad, equidad y sabiduría.
En el Municipio de Lobos la austeridad brilla por su ausencia. Mientras la mayoría de los argentinos se retuercen bajo el brutal ajuste microeconómico impuesto por el gobierno nacional, cierran pymes y comercios, se disparan los despidos y la desocupación, se derrumba el consumo y los lobenses hacemos un enorme esfuerzo por mantener al día nuestras obligaciones fiscales, para la casta política local la fiesta “con la nuestra” parece interminable.
Pero, tal como suele ocurrir en el período de decadencia de todos los personajes que se auto perciben elegidos para gobernar por la voluntad divina, el rey ya está desnudo.
ALEJANDRO GE






